Paso a paso, cruzo la calle con tranquilidad hasta intentar llegar a mi casa, a mi dulce y acogedor hogar. Ando descalza, pero no me importa. El suelo de la calle esta frío, como los cuerpos que descansan reposados sobre la acera o en el asfalto de la ancha y crujiente carretera. Cada zancada que me propongo con ayuda de las muletas es un esfuerzo que requiere mayor voluntad conforme pasan los segundos, ya que mis manos agrietadas sufren por el peso de mi cuerpo y el único punto de apoyo, mi pie, mantiene una forma cada ver más amorfa debido las infecciones que mi cuerpo padece y contra la que mi alma lucha sin descanso.
Observo atónita la fachada del barrio que me rodea, y sin tener palabras con las que expresar esta desolación, en silencio sigo desplazándome con dificultad cada vez más cerca de mi destino, de vuelta a mi humilde morada. La fuente de la plaza principal demuestra la sequedad de nuestras bocas, que con la ayuda de la lengua intentamos obtener la máxima cantidad de salida para recobrar la vitalidad de nuestra garganta e intentar tragar con fluidez, pero se trata de una acción sencilla que nos es imposible. Consigo ver entre los escombros que quedan a mi antes insoportable colegio los libros y el amueblado ahora sin arreglo; aunque ahora tenga otro aspecto, mis ojos se funden con la imaginación y me devuelven mi ahora añorado colegio. Afilando mi mirada descubro el dolor de la imagen de conocidos que ahora mantienen su ser lejos de nuestro país, lejos del mundo sensible.
Allí vivía mi mejor amiga. Desde que todo cobró movimiento no he conseguido saber nada sobre ella, ni sobre nadie en particular. Solo rezo porque cuando se calme todo esto, ella haya corrido la misma suerte que yo y que ante todo no haya perdido la cabeza, literalmente. Debo andar con cuidado de no pisar algún resto de la estructura de las viviendas y hacer daño a mi único pie desnudo que temblando busca la mejor postura en cada pisada para conseguir descansar aunque sea brevemente, y que a pesar de ello, agradece totalmente.
Queda poco, solo tengo que doblar la esquina del supermercado donde se produjo el tiroteo por soldados debido al saqueo a causa de falta de alimentos y de materiales básicos. Local de mi tía, la que se encontraron entre los escombros cinco días después de su derrumbamiento y a la que yo le lloré desconsoladamente pero por otra parte alegre por haber sobrevivido, y por haber mantenido el poder para seguir en esta catástrofe acompañándome sin ningún familiar más al cual podía aferrarme.
Mantengo la mirada fija en el suelo polvoriento con miedo a lo que iba a descubrir. Cuando me encuentro frente a mi casa, alzo la mirada con la pequeña e ingenua esperanza de encontrarla intacta. Pero solo consigo ver como mis ojos siguen la mirada hasta llegar a las montañas pobres de mi país, como un alveolo, nada más consigo ver un hueco entre otras dos viviendas que mantienen en pie su estructura con graves daños, las casas de mis difuntos vecinos.
Creo que el pensamiento más doloroso es el pensar que nada de esto es un sueño, ni una pesadilla, sino que ya nada conseguirá tener los despreciables colores de tenía antes y que ahora solo existe un color: el de la muerte. Si antes me quejaba de mi anterior vida, ahora le exijo a la vida que me devuelva lo que me ha arrebatado.

Observo atónita la fachada del barrio que me rodea, y sin tener palabras con las que expresar esta desolación, en silencio sigo desplazándome con dificultad cada vez más cerca de mi destino, de vuelta a mi humilde morada. La fuente de la plaza principal demuestra la sequedad de nuestras bocas, que con la ayuda de la lengua intentamos obtener la máxima cantidad de salida para recobrar la vitalidad de nuestra garganta e intentar tragar con fluidez, pero se trata de una acción sencilla que nos es imposible. Consigo ver entre los escombros que quedan a mi antes insoportable colegio los libros y el amueblado ahora sin arreglo; aunque ahora tenga otro aspecto, mis ojos se funden con la imaginación y me devuelven mi ahora añorado colegio. Afilando mi mirada descubro el dolor de la imagen de conocidos que ahora mantienen su ser lejos de nuestro país, lejos del mundo sensible.
Allí vivía mi mejor amiga. Desde que todo cobró movimiento no he conseguido saber nada sobre ella, ni sobre nadie en particular. Solo rezo porque cuando se calme todo esto, ella haya corrido la misma suerte que yo y que ante todo no haya perdido la cabeza, literalmente. Debo andar con cuidado de no pisar algún resto de la estructura de las viviendas y hacer daño a mi único pie desnudo que temblando busca la mejor postura en cada pisada para conseguir descansar aunque sea brevemente, y que a pesar de ello, agradece totalmente.
Queda poco, solo tengo que doblar la esquina del supermercado donde se produjo el tiroteo por soldados debido al saqueo a causa de falta de alimentos y de materiales básicos. Local de mi tía, la que se encontraron entre los escombros cinco días después de su derrumbamiento y a la que yo le lloré desconsoladamente pero por otra parte alegre por haber sobrevivido, y por haber mantenido el poder para seguir en esta catástrofe acompañándome sin ningún familiar más al cual podía aferrarme.
Mantengo la mirada fija en el suelo polvoriento con miedo a lo que iba a descubrir. Cuando me encuentro frente a mi casa, alzo la mirada con la pequeña e ingenua esperanza de encontrarla intacta. Pero solo consigo ver como mis ojos siguen la mirada hasta llegar a las montañas pobres de mi país, como un alveolo, nada más consigo ver un hueco entre otras dos viviendas que mantienen en pie su estructura con graves daños, las casas de mis difuntos vecinos.
Creo que el pensamiento más doloroso es el pensar que nada de esto es un sueño, ni una pesadilla, sino que ya nada conseguirá tener los despreciables colores de tenía antes y que ahora solo existe un color: el de la muerte. Si antes me quejaba de mi anterior vida, ahora le exijo a la vida que me devuelva lo que me ha arrebatado.
















Noches de baile, soleadas ferias, playeos divertidos, acosos confusos, sesiones de cine robadas, fiestas espumosas, cómodas convivencias, helados de medianoche, piscina hasta arrugarse, fotos con mucha gracia y miles de historias resumidas que podría enumerar.
Entrando en la vida de españoles que me han hecho cambiar mi idea de este país. Supongo que como gente mala hay en todas las esquinas, maravillosas personas también se esconden entre las calles de cada ciudad. Y pido un deseo, que sigáis llenando mi vida con esos momentos que seguirán sumándose. Bonito verano.

Me hundo en mi propia desesperación, mi cuerpo se consume con el dolor de mis pensamientos y el mundo es como alcohol para mi heridas. Me vuelco, doy todo mi ser a ganar esta batalla, no aprendo nunca que la mejor defensa es un buen ataque, y los pequeños enemigos me comen por dentro rompiendo mi mente. Llueve ahogando mi voz y su poder cada vez que soy consciente que la soledad es mi mejor amiga en este conflicto. Una guerra entre dos, tu y yo, la vida y mi consciente.
Sin darme cuenta, entre el chispear vuelve la calma. Esta vez huistes, aunque jamás lo entendí, ahora lo veo con claridad. Gané esta batalla, pero gracias a que tu me distes a conocer con otras vidas que sin ser conscientes de ello, son los dueños de mi energía, de la magia que emana de ellos de la que yo me alimento.
Y vuelve a llover, pero esta vez el sol brilla en mi mirada. Esta vez las gotas que caen son de alegría y de placer, de poder contar con los dedos de los pies que tu eres quien me ha dado todo lo que hace que tu seas tan bella. Y mañana si llueve será porque me fui a cortar cebollas tras la siguiente batalla.
Nada es fácil contigo, pero tu eres la única que ha conseguido que encuentre esas personas que me hacen vivir por ti. Así que a pesar de hacerme sufrir, eres a quien le debo todo.